Samantha
La llevé a su primera cita con el dentista. Exteriormente lucía muy tranquila... corrijo: exteriormente lucía como siempre, con esa inquietud innata que me tenía al pendiente...
Muy temprano le preparé la mamila. No tomó ni la mitad: "Bueno, queridita tenemos una cita muy temprano...". Caminamos un par de cuadras antes de dirigirnos al consultorio. Una menuda garúa, fresca y cenicienta, caía sobre nuestras cabezas; una ventisca húmeda y fría lamía nuestros rostros.
Me causa mucha gracia, observar su carita redonda como una manzana y los hoyuelos que se le forman al sonreir, mostrando un par de hileras de pequeños dientes blancos a mi vista pero en busca ahora de una segunda opinión. Sólo para terminar de describirla: Posee unos enormes y pícaros ojos negros que conjugan perfectamente con su cabello negro intenso.
Caminando de la mano, esquivando coches y personas que caminan con premura, arribamos al consultorio: un edificio blanco con la puerta principal abierta de par en par. No quería entrar, ahora se mostraba tímida, una faceta desconocida... "Vamos..., adelante..., camina..., ¡múevete...!, !te lo ruego...!". Sabia y conocedora de su dominio sonreía vivazmente. Doy un respingo, me muestro rendido, mientras, aliso mis cabellos con resignación. Y la pequeña da un par de pasos seguros e ingresa al edificio muy oronda como diciéndome: "Por qué no vienes..." -¿Psicología a la inversa?, ¡Váya! que se muestra totalmente segura del dominio que ejerce sobre mí-.
Mientras lleno las formas se pierde entre los consultorios; un par de veces tengo que ir por ella... huye al notar mi presencia: "queridita, este no es mejor lugar para jugar a las escondidas...".
Esperando nuestro turno, juega a sus anchas en el piso. Inútil levantarla porque a los pocos segundos vuelve a zambullirse en la piscina sin agua. "Samantha Rivera..." -una señorita muy sonriente pero con los ojos de mala noche llamándola-. Me incorporo rápidamente y levanto del piso a Samantha.
Otra vez en el tira y afloje..., después de unos instantes se anima a dar los primeros pasos y yo feliz como si fueran los primeros en su vida. La doctora me da una clase instructiva acerca de los cuidados en la higiene bucal y de una adecuada elección de los alimentos. Yo asiento ante cada declaración, mientras Samantha juega en el sillón reclinable; un par de veces, la doctora tiene que suspender la charla en vista que también un par de veces estuvo Samantha a punto de dar contra el piso.
Le hace un chequeo a la cavidad bucal y le encuentra dos piezas con pequeñas caries. Para ser una niña de menos de tres años no está nada bien. Por ser su primera cita, esta vez sólo le aplica una pasta de fluor. En una semana tendremos que regresar para que, la doctora, ejecute el proceso de eliminación de esas caries. Se ha comportado muy bien, hoy, tanto que la doctora coloca en su frente un sellito con la carita de un niño feliz.
Feliz..., feliz no va a estar su madre cuando se entere que a la más querida de sus hijitas le van a taladrar los dientes. "Pero está muy chiquita, me da pena, le va doler". Bueno, pues, los riesgos de una inadecuada alimentación: muchos dulces y galletas que al final pasan factura. Mejor curarlos ahora que extirparlos en un par de años, ya que eso tendría consecuencias apreciables como el apiñamiento de dientes y que para solucionarlos, después, con el usos frenillos te costaría un ojo de la cara.
Samantha, está hambrienta, pero no puede comer nada hasta cuatro horas después de la aplicación del fluor. A la hora del almuerzo devora sin demora sopa y segundo -me cae bien ésta niña-.



2 comments:
A mi edad, nunca he ido al dentista; pero ya me di cuenta que voy a tener que ir aunque no quiera.... buaaaaa...
Nunca es tarde querida. Si quieres el tío Alonso te lleva de la mano... Gracias.
Publicar un comentario en la entrada
<< Home