17 junio 2005

La pasión de Beatriz (III)

Diego

Tenía trece años recién cumplidos cuando viajé a Europa; han pasado diez años desde entonces y aún vienen a mi mente imágenes conteniendo el rostro de sorpresa y de insatisfacción por parte de la tía Elisa tras recibir el telefonema de papá...

Mi niñez, al lado de tía Elisa, fue tranquila; bueno, por lo menos, la mayor parte de ella lo fue. El abuelo Francisco bebía en exceso, aún lo recuerdo claramente, y era común verlo convertido en un despojo humano, y siendo conducido por un grupo de sirvientes a su habitación; sus gritos terribles proferidos como truenos escapaban en medio de una batahola, era realmente patético y avergonzante. En ese estado, odiaba que el abuelo me abrazace; sentir su olor a licor, tabaco y aromas nada santos me provocaban repugnancia y náuseas; en más de una ocasión fui rescatado de esa incómoda situación por la tía Elisa.

En sus ratos de sobriedad, que eran escasos, el abuelo Francisco era un tipo muy simpático, me parecía inteligente y poseía un finísimo sentido del humor que contradecía radicalmente toda la idea que tenía formada sobre él. Los sábados por la mañana lo acompañaba a alguna de sus fábricas; me la mostraba de pies a cabeza y me presentaba a cada uno de sus empleados con una sencillez campechana, todos eran sus amigos. Departiamos alegres charlas en el comedor de la fábrica que matizaba con alegres e inverosímiles anédoctas que me provocaron más de una sonrisa. Lástima que a éstas reuniones también asistía, con asidua puntualidad, una botella etiqueta azul.

Cuando el abuelo falleció, yo tenía doce años y medio, el ambiente en casa era muy triste. Durante buen tiempo un manto de silencio cubrió cada ambiente de la enorme mansión. Todos hablaban entre susurros y una risa era inmediatamente reprimida por decenas de ojos escudriñadores.

Ese mismo año, se inició mi despertar sexual. María, antigua sirviente de casa, trajo a su hija Sofía para incorporarla al personal de servicio. Sofía, me pareció una chica muy atractiva. Aunque algo grande para mí, frisaba los quince años, me llamó la atención lo ampuloso de sus caderas y un pecho prominente que me recordaba a unas montañas.

Desde el principio, nuestras miradas se cruzaban y se confundía en los pasillos y en otros ambientes de la casa; emergían sonrisas nerviosas que muy pronto fueron desapareciendo, convirtiéndose en cómplices. Generalmente se encargaba de mi atención. Yo, procuraba levantarme tarde a desayunar para que ella llevara la charola a mi habitación. Con una ansiedad que cubría bajo mis sábanas esperaba el momento que ella cruzara el umbral para mirarla directamente a los ojos. Sin embargo, por más esfuerzo que hiciese la timidez me ganaba y bajaba, derrotado, la mirada.

Fantasié, tuve muchos sueños, nada santos, con ella. Hasta que, sacando valentía de algún rincón de mi ser, decidí actuar. La esperé, vestido con mi pijama de rayas, una mañana de domingo. Todos en casa, me refiero a tía Elisa, dormían hasta tarde y el personal de servicio generalmente se reducía a los necesarios. A media mañana, enfundada en su vestido de domingo: un vestido celeste muy suelto que dejaba traslucir sus formas y con un trato más en confianza me traía la charola sonriendo y soltando alguna frase simpática. Se acercó a entregarme la charola y yo la cogí de una muñeca. Observé, en ella, un mohín de disgusto por lo que instintivamente la liberé. Me sentí totalmente avergonzado. Sentí su mirada hacia mí; era de lástima; no quería su lástima. Orgullosamente cerré mis ojos. Sentí que la puerta se cerraba lentamente, rozando el marco..., abrí los ojos, esperando sentirme sólo para maldecir mi torpeza pero me tope con los ojos de Sofía... Apoyada en la puerta, con una actitud de niña traviesa me contemplaba muy risueña. Se acercó lentamente. Yo estaba petrificado. Acarició mi rostro, arremolinó mis cabellos y besó mis labios. Mi deseo despertó. Lo primero a que atiné fue a acariciar sus pechos. Bajo la ligereza de la tela de su vestido sentí una suavidad única y turbadora. Mis manos sentían como aquellos montes suaves, al principio, cogieron una rígidez pétrea. Traté de arrancarle el vestido, quería tocarla toda. Yo, actuaba muy torpemente. Ella se lo quitó muy suavemente como mostrándome el camino. Estuve observando sus formas delicadas y excitantes ondulaciones, no me atrevía a tocarla por miedo a consumirme en el intento. Me atrajo hacia ella con una fuerza inusitada. Sentí en mi pecho todo su calor. Mis manos recorrían la suavidad de sus hombros, espalda y caderas; me perdí en sus formas. Me sentía en las nubes, lo había imaginado así pero ni por asomo logré conjeturar todas esas mágicas sensaciones que experimenté en mi primera vez...

Sin embargo, la apacible ensoñación experimentada se vio interrumpida con la repentina partida de Sofía. La extrañé muchas noches, la busqué por mucho tiempo entre sábanas y recuerdos...

La tía Elisa, era muy afectuosa conmigo. Me encantaba que me abrazara y sentir su calor y el aroma que emanaba muy sutilmente de su cuerpo. Era una mujer joven que apenas llegaba a los 30 años. Muy bella, con una belleza que me turbaba, pero era mi tía... Revisaba sus cajones, cogía sus prendas de seda y la imaginaba... Al llegar de clases, un día de mayo, ingresé a mi habitación y me topé con la tía Elisa... Entre sus manos sostenía una de las prendas que yo le había robado. Presentí que me iba a reñir y al contrario de ello me besó en el cuello con mucha pasión. Sentí su lengua húmeda en mi oreja. La sorpresa inicial, se volvió excitación. No podría creer lo que estaba sucediendo, pero me gustaba... Si con Sofía me inicié en el arte de amar, con la tía Elisa, o Elisa como gustaba que la llamara en la intimidad, me gradué... con honores...

Sin embargo, en la intimidad, jamás sentí, en Elisa, ternura; sentía una pasión desbocada que me aterraba pero que también..., me excitaba. Obviando mis aprensiones y soportando su extraña sonrisa le hacía el amor.

Muy poco tiempo después, cuando apenás había cumplido los trece, un telefonema de mi padre, puso de muy mal humor a la tía Elisa. Nunca más dormimos juntos y una semana después, yo, volaba con dirección a Europa.

Diez años han pasado desde entonces, y ahora retorno a mi país, casado y con una hija en camino...

(...)

16 junio 2005

La pasión de Beatriz (II)

Yin - Yan

Con enorme beneplácito se prepararon en casa de los Rivera-López para recibir con toda la pompa posible al primogénito. Don Francisco Rivera y doña Magdalena López formaban, quizá, la pareja más conocida y representativa en los círculos sociales más importantes de su época. Ambos, superaban holgadamente los 40 años, por lo que la noticia del embarazo de doña Magdalena cogió por sorpresa a más de uno. El interés, en todas las esferas de la sociedad, era unánime: ¿Quién será el heredero de los Rivera-López? ¿A manos de quién irá a parar tan enorme fortuna conyugal?

Muy pronto, aquellas dudas se disiparían... Las labores de parto se adelantaron. Doña Magdalena, presentaba contracciones más frecuentes; empezaron las dilataciones y rompió fuente... Un equipo, dirigido por el Dr. Sifuentes, su médico de cabecera, y secundado por dos enfermeras ya se encontraban trabajando propocionándole todo tipo de auxilios y cuidados.

Don Francisco se mostraba impaciente. Un grupo de familiares y selectos amigos esperaban en la mesa del comedor, frente a un suculento banquete, con las copas de champagne llenas y listas para brindar en honor del recién nacido.

Don Francisco, nervioso, como padre primerizo que era, recorría en uno y otro sentido el pasadizo colindante con la habitación. Algunas veces interrumpía su marcha, con un pañuelo azul secaba su frente recubierta de sudor y limpiaba, compulsivamente, los vidrios de sus gafas.

Un barullo proveniente de la habitación le alertó que algo no marchaba bien en el interior. Venciendo aprensiones y desoyendo las admoniciones del médico se adentró en los aposentos. Lo que observó, en primera instancia, exacerbó sus ánimos emprendiéndola contra el doctor. Las enfermeras hacía denodados esfuerzos por calmar a la paciente. Doña Magdalena se desangraba profusamente. Un llanto infantil inundaba la habitación. Don Francisco, apartando a las enfermeras, se arrodilló a un costado de la cama, cogió de la mano a su mujer y se aferró a ella hasta el final... ni los llantos infantiles, ni los intentos del médico e invitados lograron darle consuelo...

Pasado un buen tiempo, las niñas, gemelas idénticas, fueron bautizadas con los nombres de Elisa y Constance. Don Francisco, se refugió en la bebida y se hizo asiduo concurrente de antros de mala muerte. Las niñas quedaron bajo la tutela y cuidado de nanas, sirvientas e institutrices.

Constance, desde muy pequeñita, se caracterizó por poseer un carisma y un ángel que doblegaban la voluntad de don Francisco tornándolo hogareño y cariñoso. Se desvivía por Constance, y la engreía mucha más que a Elisa, que se sentía relegada...

Elisa, al contrario de Constance se mostraba huraña y huidiza ante la presencia de cualquier extraño o conocido. Se escondía en su habitación y era imposible hacerla salir, contraviniendo abiertamente las órdenes de su padre. Tímida no era; su misantropía era creciente.

En las reuniones y cocteles hechas en casa, Constance era el centro de atención. Cautivaba a los asistentes de éstas tertulias y, a pesar de lo pequeña, se comportaba como la señora de la casa, era una perfecta anfitriona.

Elisa, celosa de su hermana, no perdía oportunidad para demostrarle su animadversión. Una vez Constance cayó a la piscina y sino hubiese sido por la oportuna reacción de un ayudante del jardinero, la pequeña hubiese perecido ahogada. Elisa, lo negó una y mil veces. En lo sucesivo se mostró más discreta en sus acciones. A los diez años estaba dotada de una malevolencia, maquiavelismo, odio y rencor hacia su hermana que ocultaba tras una irónica y siniestra sonrisa...

A los 16 años, ambas, se habían transformado en hermosas adolescentes. La visita de galanes era el pan de cada día. Constance mostraba gran dominio con sus visitantes; mientras que Elisa los humillaba y espantaba, generalmente.

Por esos días, un joven ingeniero, Miguel Borja, visitaba la casa de don Francisco. Inicialmente, fue en búsqueda de Elisa, a quien conoció a través de una prima suya, amiga de Elisa. Muy pronto, las visitas, con permiso de don Francisco, fueron para Constance; hecho que irritó a Elisa, quien se encerró en su habitación por mucho tiempo. Las sirvientas al llevarle la comida escuchaban voces en su habitación. Su padre, preocupado la condujo a un especialista. Le diagnosticaron desajustes emocionales y nerviosos (esquizofrenia) en grado moderado. Sufría de alucinaciones y escuchaba voces que, según ella, la obligaban actuar en contra de su voluntad... Constance también quiso someterse a esos exámenes, pues también oía voces... Sin embargo, éstas, la reconfortaban y le recordaban a la voz de doña Magdalena, su madre.

La noticia del casamiento de Constance y Miguel, sorprendió a todos en casa. Con la anuencia de don Francisco la boda se programó una semana antes que Constance cumpliera los 17.

Durante la ceremonia fue imposible localizar a Elisa. La joven pareja partió a Europa de Luna de miel por espacio de dos meses. Al regresar, comunicaron a todos la buena nueva: Constance estaba embarazada.

Miguel, por razones de estudio y trabajo regresó a Europa. Se hicieron todos los preparativos para que el hijo de Constance naciera en casa. Como una cruel repetición, el partó se complicó... Constance dio a luz un saludable varoncito, Diego, pero, ella, falleció esa misma tarde... Durante el entierro, algunos asistentes juran que vieron a Elisa sonreir, una sonrisa terrible...

Diego, por lo pequeño y ante la imposibilidad de Miguel de hacerse cargo de él, se quedó bajo el cuidado de Elisa. Jamás nadie la vio más contenta. Por todos los medios alargó la permanencia de Diego a su lado. A los pocos años de la muerte de Constance falleció don Francisco. Y ya empezaban, desde entonces, a tejerse rumores que Constance mantenía una relación incestuosa con su sobrino, Diego, de trece años. Los rumores llegaron a oídos de su padre en Europa, que no vaciló en llevarlo a su lado. Elisa quedó desolada y resentida con todo el mundo.

Se encerró en la casona. Cuentan las sirvientes que recibía la visita de ocasionales amantes. Se volvió una mujer de vientre fácil y hambriento. Los vecinos cuentan que la casa se vio poblada de personajes de la más rara ralea y los ruidos y voces que escapaban por los resquicios de puertas y ventanas espantaban a los más valientes. La mayoría de empresas, de su padre, heredadas quebraron. Muy pronto todos se olvidaron de ella hasta que la noticia de su muerte la trajo a las primeras planas por última vez.


(...)

15 junio 2005

La pasión de Beatriz (I)

- ¿Señorita Borja...?


Beatriz, sentada en su pupitre esboza una sonrisa siniestra; su mirada extraviada se estanca en un punto inexistente o en un plano invisible para los demás. Unas ojeras oscuras y pronunciadas, y la palidez de su rostro le dan un aspecto espectral...

- ¡Señorita Borja...Señorita Borja! -una voz aguda se le clava en los oídos, la sacude y rescata de aquel trance extático.

Se muestra confundida, poco a poco recupera el dominio de sus sentidos; la extraña y lúgubre sonrisa se le ha borrado completamente y su conciencia se ha llenado de cargos..., el ardor en su rostro le han devuelto color a sus mejillas; un rictus nervioso desdibuja sus labios. Su mirada, antes perdida, se ha fijado en los ojos desorbitados y hostiles de la maestra. Baja la mirada instintivamente. Se siente como un animal acorralado. Se reincorpora torpemente dejando caer al suelo sus libros y cuadernos; pide disculpas y abandona el salón con premura ante la sorpresa del resto de las alumnas y de la maestra que se queda con la palabra en la boca...

Se siente en el centro de un huracán; siente su cuerpo elevarse y ser arrojado a una velocidad vertiginosa contra el piso. Apoyándose en las paredes logra llegar al baño. Su equilibrio colapsa. Con mucha dificultad se sostiene del lavabo. Sientes esas voces que la aturden. Se mira en el espejo y la misma sonrisa, similar a una mueca diabólica emerge ajena a su dominio. Siente que se le eriza la piel y un escalofrío le recorre el espinazo. Enjuaga su rostro con abundante agua como tratando de exorcizarse de un mal sueño... Aquellas voces que pueblan en su cabeza y se adueñan de sus ideas y de su razón parecen, de momento, haberse ido. Tiene las manos frías y húmedas, y un ligero temblor recorre su cuerpo. Se toma el rostro y frota su frente con desesperación. Está aterrorizada. Su cuerpo se sacude en arcadas y vomita sobre el lavabo. Totalmente desolada y presa de una crisis nerviosa llora sin control, cubriéndose la boca, por un buen rato hasta que pierde conciencia del tiempo y del espacio. Oye pasos que se acercan y corren a refugiarse en uno de los bañitos personales. Muerde la manga de su chompa tratando de ahogar su llanto. Trata de recomponerse. Piensa, y cansada de pensar no logra comprender aún cómo aquellas oscuras pesadillas han logrado llegar hasta éstos límites...

Beatriz, nunca se ha considerado un chica especial. Algo tímida y con pocos amigos, pero segura de carecer de enemigos como también de algo que pueda arrepentirse... A sus 16 años gozaba de una envidiable salud, buen ánimo y hasta podía decirse, yendo al terreno frívolo, que era muy hermosa. Sin embargo, su paz y tranquilidad se habían quebrado desde hace un par de semanas. Sus pesadillas empezaron el mismo día que ocuparon la casa de su abuela, doña Elisa, fallecida hacía un año.

Desde el fallecimiento de doña Elisa, la casa, por un problema de litigio entre los deudos había permanecido desocupada. Don Diego Borja, padre de Beatriz, apelando a su poder económico y a sus influencias había logrado para sí, obtener la posesión absoluta de la propiedad y de los bienes de doña Elisa.

Mudarse a la nueva casa no iba a resultar, en apariencia, traumático si se toma en consideración que el departamento ocupado por los Borja se encontraba a escasos tres kilómetros de la casona. La escuela de Beatriz, se hallaba aún más cerca de la casona, por lo que, si alguna vez se animaba a hacer una caminata hacia alguna de ellas, ésta, sería muy breve.

Doña Clara, madre de Beatriz, era una devota practicante de la fe católica. Sus magníficas contribuciones a la iglesia le tenían reservado, según ella, un lugar en el Paraíso. Pocos días antes de la mudanza, acompañada de un sacerdote, se encargó de rociar de agua bendita a cada una de las habitaciones de la antigua casona.

Los Borja, llegaron primero que el camión de la mudanza. Poner en orden cada espacio les tomaría toda la semana.

La primera noche de Beatriz en la nueva casa, se desarrolló con relativa calma. Lo que parecían voces y murmullos, en primera instancia, resultaron ser para su tranquilidad, el viento que silbaba y se estrellaba contra los vidrios de las ventanas de su nueva habitación. Se habían mantenido los colores originales en las paredes así como también algunos cuadros de la antigua propietaria ocupaban su lugar habitual. Doña Elisa, era su tía abuela con la que había mantenido, a pesar de la poca distancia, muy poco contacto. Un retrato de la abuela cuando era muy joven se ubicaba al lado derecho de la cama de Beatriz. Después de observarlo por mucho tiempo, le pareció advertir un brillo escapando de sus pupilas, sintió cierto resquemor, prefirió girar su cuerpo y mirar a otro lado. Dejando a un lado las aprensiones cayó en un profundo sueño...

De aquel sueño le llegaron imágenes de una enorme escalera con blancos escalones. Vió sus pies descalzos apostados sobre el primer peldaño. Sintió el piso frío y un viento helado jugueteando a su alrededor. Después de un largo recorrido llegó al final de la escalera; se encontró con un enorme y antiguo portón de madera; a la altura de la frente de Beatriz éste mostraba una aldaba, que por el tamaño y grosor de la misma debiese ser muy pesada. La levantó con gran dificultad; no alcanzó a dar un golpe; la puerta se abrió repentinamente, arrastrándola... En el interior todo lucía con gran claridad que la obligó a cubrirse los ojos bajo el brazo. Sintió una presencia a sus espaldas y un remezón por sobre los hombros...

Despertó de golpe, pero no sintió miedo. Se mostró totalmente sorprendida por lo real del sueño y podía oler en sus manos el óxido de la aldaba... Se mantuvo despierta y pensativa por un buen rato... lo tomó como un hecho extraordinario..., después de un buen rato, logró conciliar el sueño sin sobresaltos.

En noches sucesivas volvió a tener el mismo sueño..., que de a pocos se fue convirtiendo en una pesadilla, de noche y de día...


(Continuará...)

14 junio 2005

De religiones

El Sábado pasado acompañé a mi padre al velorio de un amigo cercano. El ambiente era obviamente el más triste que se pueda imaginar. Las hijas, ya mayores, del difunto protagonizaron conmovedoras escenas de dolor; sin embargo, la viuda se mostraba imperturbable a éstas muestras e incluso, podría decir que, denotaba cierta molestia en su expresión.

Era un comportamiento recurrente que cada vez que se elevaban rezos en honor al difunto la viuda desapareciera en un dos por tres. La respuesta a esta incomprensible actitud surgió de boca de una de sus hijas que trató de justificar a la madre aseverando que ella era Testigo de Jehová y que su religión no le permitía ser partícipe de ritos de otras iglesias.

La mayoría de los presentes eran católicos por lo que la incomodidad de la señora era manifiesto. Me vienen a la mente imágenes de las exequias del Papa Juan Pablo II y recuerdo en ellas cómo representantes de las más variadas religiones manifestaban sus respetos al Papa; no ví a ninguno de éstos representantes levantarse e irse en durante un rezo o responso.

La religión nos acompaña desde que tenemos uso de razón pero últimamente, con la aparición de más sectas, se ha convertido en una especie de cazadora de fieles y muy celosa de mantenerlos. Surgió como una forma de preservar la fe y de ver a nuestros semejantes con el mismo amor que lo hizo Cristo.

Soy católico no practicante he ido en un par de ocasiones, previa invitación, a un par de éstas iglesias en donde lo ritual, lo gestual desplaza a lo espiritual. Las manifestaciones abiertas a través de gritos, movimientos de los miembros superiores en actitudes poco ortodoxas, discursos donde manifiestan ser la verdadera iglesia me provocaron cierto resquemor. Sin embargo, permanecí en el lugar. Las invitaciones, durante los ritos o misas, para formar parte de ellos eran frecuentes; trataban de poner en evidencia a los invitados y forzándolos, de esta manera, a formar parte de su congregación.

En ocasiones voy a la Iglesia Católica, en Navidad y Año Nuevo, quizás las manifestaciones exteriores sean más recatadas pero el fondo es que sólo se concentra en lo ritual. Lo espiritual sólo llega a unos cuantos; mientras que para la mayoría los sermones y mensajes lanzados desde un púlpito de lujo se pierden en el camino. Los feligreses muy bien acomodados en un local lleno de hermosas imágenes y cuadros dignos de un museo escuchan las palabras del sacerdote, algunos buscan las mejores ubicaciones cerca a sus amigos o de las chicas más lindas para el momento de la "darse la paz". Todo lindo, pero al cruzar el umbral de salida retornan a sus vidas. Ningún cambio significado o apreciable se opera en las personas; conservan sus mismas costumbres, vicios y demás muletillas.

Con esto trató de decir que, para la mayor parte de los católicos, asistir a la Iglesia sólo representa una contacto social más como de miembros de una sociedad, y que sólo constituye un saludo a la bandera; pues, lamentablemente los mensajes allí lanzados caen en saco roto. Si la mitad de los asistentes cumpliera a cabalidad con los expuesto en los sermones las cosas serían distintas. Sin embargo, vemos por los resultados que sólo son palabras sin destino.

El sábado último, por la mañana, una pareja hablaba sobre el tema. El punto principal de la conversación se centraba en la poca simpatía que mostraba una persona encargada de predicar. Vemos, en este caso, como el fondo se pierde en la forma...

Muchas veces, prefiero creer que Dios habita en mi y no en un templo o palacio de frío cristal. Si somos capaces de entender y darle sentido al mensaje cristiano no veo por qué se deba usar intermediarios que me repitan lo que debo hacer cuando puedo directamente aplicarlo en el día a día sin recurrir a manifestaciones altisonantes o siendo un hipócrita.

La religion apareció para unir, hermanar, humanizar y no para provocar más divisiones.

13 junio 2005

Sentí su respiración agitada, mientras cerraba los ojos negándose a ver. Su semblante era triste, su cabeza gacha delataba pesadumbre e incomodidad. Una lágrima se deslizó por su su mejilla..., abría la boca con lentitud tratando de darle forma a sus palabras. Después de un instante, pude ver sus ojos, me miró directamente, sentí su ternura, acarició mi rostro y dijo: "Te amo".

12 junio 2005

Sueños y pesadillas

Aquella fría madrugada se levantó muy temprano. Como otras tantas noches tampoco pudo dormir. Y como cada noche, permaneció contemplando a su mujer que dormía a su lado y a sus hijos que lo hacían en la misma habitación en pequeñas camas, muy incómodos. La luz de la Luna que atravesaba las cortinas le permitía ver con algo claridad la fisonomía de sus rostros; podía también, sentir sus respiraciones...

Los problemas económicos, las constantes discusiones con su mujer lo habían convertido en un ser sin sueños... apenas cerraba los ojos y la misma pesadilla lo invadía... no podría soportar la vida sin sus hijos... veía que se los arrebataban y por más esfuerzo que hiciese se los quitaban irremediablemente de las manos...

No era una condición cómoda permanecer despierto toda la noche al lado de la mujer que cada día lo atormentaba con insultos y frases hirientes. La miraba y recordaba como la conoció, y cuanto la quería cuando eran unos chiquillos que caminaban sólos por las calles, arremolinándose en cada esquina y amándose con la pureza del primer amor... antes de cumplir los veinte se casaron y aquel sueño se perdió como por encanto.

Pesadillas de noche y pesadillas de día. Su sueldo de policía era insuficiente para sostener a cuatro pequeños niños. Y su mujer le recordaba cada día lo inútil e inepto que era... esas palabras se le grababan en la mente... no se sentía inútil y menos inepto; mientras hacia sus labores diarias en la oficina de la comisaría pensaba: "¿Y si acepto ese cachuelito en el Banco? Sería un ingreso extra y creo que mejorarían las cosas en casa. Por una parte evitaria el asedio y los insultos de mi mujer y por el otro, le podría comprar a mis hijos las cosas que necesitan...". La idea lo acompañaba días; un día en su labor de policía y el otro haciendo el cachuelito en el Banco, lo mantendrían alejado de casa y de sus hijos por más tiempo pero sentía que el esfuerzo valdría la pena. Total, en su trabajo todos hacían lo mismo...

Puesto en pie, en esa fría madrugada, se acercó a la cama de sus hijos y los observó con detenimiento... la pequeña Inés necesita zapatos nuevos, el pequeño Eduardo la chompa de colegio y una cama más tambien sería necesaria para que todos durmieran más cómodos... luego regresó a su cama y mientras miraba a su mujer recordaba los mejores momentos vividos juntos y que con su "cachuelito" aquellos días podrían volver...

Muy despacio se dirigió al baño. Se lavó la cara y mientras la secaba observaba su reflejo en el espejo. Se veía viejo; sus ojos cansados eran la muestra de sus noches de insomnio. Se afeitó la barba de un día. Su ánimo cambió, ahora sonreía, ahora tendría sueños, sueños y no pesadillas, sueños que podría hacer realidad. No más pesadillas que le arrebataban a sus hijos, no más privaciones...

Le dio un beso en la mejilla a cada uno de su hijos; el pequeño Jimmy ladeó la cara al sentir sus labios, abrió los ojos, se despidió de su padre y volvió a sumergirse en el sueño.

Se dirigió a la puerta, mientras, observaba a su mujer y en lo linda que se mantenía después de doce años juntos y cuatro hijos; la recordaba con su uniforme de escuela, en sus paseos por la playa tomados de la mano en los "días de vaca", y en la promesa de amor eterno... Abrió la puerta con sigilo y se confundió con la fría madrugada.

El Banco quedaba lejos. Tuvo que tomar una combi que fuera por Evitamiento y luego abordar un micro que lo condujera a su destino. Mientras viajaba veía su reflejo en el espejo... ensayaba una sonrisa, después de tantos problemas sonreía para sí mismo. Bajó del micro, y tuvo que caminar seis cuadras más. Era su primer día de franco que no veía despertar a sus hijos. Caminaba con prisa...

La zona era muy peligrosa. La delincuencia y el terrorismo campeaban. Las recientes pintas rojas habían advertido a los encargados del Banco que se necesitaría de personal de seguridad extra para vigilar el local. Solicitaron resguardo policial y sólo les enviaron un policía, por lo que se vieron obligados a contratar a cuatro policías, en dos turnos, para que trabajaran en sus días de franco.

Llegó a la puerta del banco e hizo el relevo. Su compañero frotando las manos y en son de broma le recriminó la tardanza. Apostado a una lado de la puerta conversaba con José, también policía de franco; a él, no habían venido a sustituirlo por lo que tenía que permanecer un turno más.

Las puertas del local se abrieron a las 8:30 a.m., los clientes hacían cola desde temprano y se apresuraron a entrar huyendo del frío... Todo transcurría en aparente calma... un auto se estacionó frente al banco y una pareja transitaba por la vereda.

Se acercó al auto para solicitarle al chofer que lo desplazara un poco más allá... Escuchó ruidos de pasos golpeando contra el asfalto y gritos provenientes de las esquinas que inundaron el ambiente; un disparo escapó del auto y se le incrustó en el pecho. Herido de muerte trató de reincorporarse, su esfuerzo era inútil, por más que lo intentaba no pudo hacerlo; el recuerdo de sus hijos y de su mujer vinieron a su mente... trató de sacar su revólver, sintió un ardor y un dolor profundo en el pecho, vio como su sangre cubría la vereda... la pareja, caminante, sacó a relucir sendas armas. La chica, de unos veinte años, se acercó al moribundo y sin mediar palabra alguna le disparó en la cabeza..., pronto, un grupo de encapuchados armados hasta los dientes se apoderaron del local robando los sueños de muchas personas.